El azúcar y su verdad no tan dulce

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El azúcar y su verdad no tan dulce

 La comida rápida no solo afecta la salud física. Un nuevo asegura que también podría perjudicar el cerebro de los niños.

Desde pequeños aprendemos los sabores. La lengua nos ofrece fantásticas sensaciones, la dulzura de una golosina o un helado, la acidez de un mango biche con limón, la amargura del café.

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También este órgano es responsable de que esa sopa de verduras no nos sepa tan bien, como le sucede a Carlos Mario Aguirre, un tendero de Bello, quien no disfruta de los vegetales y desde pequeño acompañó el desayuno con gaseosas, más que con jugos.
Con la lengua podemos percibir cinco sabores, pues hasta ahora sabemos que tenemos cinco tipos de receptores: para dulce, salado, ácido, amargo y umami. El umami es el que se encuentra en los alimentos que contienen el aminoácido glutamato, como la carne cruda, los espárragos, los champiñones, el queso parmesano y los tomates.

Lo bueno
La deliciosa sensación dulce producida por una inyección de azúcar en el torrente sanguíneo estimula en el cerebro los mismos centros del placer que responden a la heroína y la cocaína, según concluyen estudios del Departamento de Psicología de la Universidad de Princeton (New Jersey, Estados Unidos) y del Departamento de Pediatría y el Centro para el tratamiento de la obesidad de la Universidad de San Francisco.
Así que el efecto de placer que da el azúcar también lo generan los alimentos que consideramos sabrosos –por eso nos gustan–, pero el azúcar tiene un efecto muy pronunciado.
Esto se debe, según le dijo Richard Johnson, nefrólogo de la Universidad de Colorado en Denver, a la revista National Geographic, a que hace unos 22 mil años consumir fructosa habría sido precisamente la clave para la supervivencia de nuestros ancestros. Gracias a esta mutación genética los antepasados resistieron los años de mayor escasez.
Según los nutricionistas, no se debe eliminar el azúcar de la dieta, pues el cerebro necesita glucosa para funcionar, sin embargo, lo recomendado es consumir más de los carbohidratos complejos como los almidones, que de los simples como los azúcares. Dentro de los carbohidratos complejos, los más beneficiosos son los que no han sido industrializados y refinados.
Las frutas también aportan azúcar –fructosa–. “Sin embargo, va acompañado de fibra, a diferencia de las gaseosas que lo que contienen son calorías vacías”, explica Isabel Carmona, nutricionista y profesora de la Universidad de Antioquia.

Lo malo
El carbohidrato simple o azúcar de mesa incrementa el aporte calórico, quita el hambre y reduce ingesta de alimentos más ricos en nutrientes, lo que termina favoreciendo una dieta poco saludable como la de Carlos Mario.
Ahora que tiene 53 años recuerda que hace una década tomaba hasta siete litros de gaseosa en un día, pero tuvo que parar debido a que le diagnosticaron diabetes. Ahora debe inyectarse insulina para mantenerse estable.
“No me puedo tomar ni una gaseosa, sólo jugos o agua. Es lo que me recomendaron los doctores”, dice Carlos, que aparenta más peso que los 75 kilos que dice pesar, tal vez debido a su 1,58 de estatura.
A él le diagnosticaron diabetes hace diez años. Ninguno de sus familiares debe inyectarse insulina como él, pero algunos de ellos también padecen la enfermedad.
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), al mantener niveles de azúcares simples por debajo del 10 % del total de calorías diarias, se reduce el riesgo tanto de sobrepeso, como obesidad y caries.
Por ejemplo, un adulto que consuma 2000 calorías debería reducir a menos de 25 gramos el consumo de azúcares libres o simples, lo que equivale, aproximadamente, a menos de seis cubos de cuatro gramos de azúcar.
A diferencia de Carlos Mario, la comunicadora de 41 años, Paula Torres, no tiene ninguna enfermedad severa, simplemente acordó con su médica dejar el azúcar después de sentir mareos esporádicos, tener problemas de colón irritable e inflamado, sufrir de dolores de cabeza, problemas de sueño y digestivos, y dificultades para concentrarse. “Después de eso, él colon no se me volvió a inflamar nunca, he bajado de peso, cuatro kilos en un mes, y ese, precisamente, no era el objetivo”.
Ella se ejercita cinco veces a la semana desde hace un año y medio antes de dejar el azúcar y harinas, pero solo hasta hace más de un mes que lo eliminó completamente redujo su peso: “Tengo el triple de energía, mi cerebro es despejado totalmente, estoy más activa, más productiva, tengo más rendimiento laboral y estoy durmiendo perfecto…”.
Hasta 2015 no había una recomendación sobre la ingesta de azúcar por persona, pero ese año un consenso de expertos de la OMS se puso de acuerdo en recomendar niveles de consumo de azúcares simples: si es menor al 10 % del total de calorías diarias reduce el riesgo de sobrepeso, obesidad y caries; una reducción por debajo del 5 % de la ingesta calórica total produciría beneficios adicionales para la salud.